La guerra dejó de ser la víspera de una estación innombrable;
ahora, espero esa gloria después del llanto como un río donde flotó mi cadáver.
Estar así tan hinchado, tan pálido, tan perdido;
y ver a mi madre poniendo flores en el río, esa corona que me bajaron las palomas hermanas, y la madre heredándome el perfume de su sangre.
Voy río abajo al océano cristalIno:
pasé por el mar donde un hombre vestido de blanco me extiende su mano;
perdí la fuerza para incorporarme a la vida.
Mis perseguidores tenían una mancha negra;
un cristal roto atravesándolos como un puñal;
los vi tomar formas de tigres y de perros,
y uno tenía un cascabel pegado a su tobillo.
Ellos abrieron la puerta de la cárcel;
hubo un olor sodomita en el ambiente,
y la humedad propia de los muros grises.
Yo me quedé con el manojo de llaves para abrir sus grilletes,
las llaves quedaron entre las piedras del río
cerca de la orilla. Ellos deberán agacharse;
pero, están acostumbrados a mirar hacia arriba,
ellos ni siquiera se pueden mirar de frente,
desvían la mirada, la verdad les duele como espina que hiende en sus gargantas.
Ellos necesitan el tesoro de los designios.
Deberán vender todo lo que tienen,
y tocar fondo como un náufrago.
El hombre vestido de blanco es como un amor profano, no puede desearse con esta carne que sabe hincharse y sabe morir.
Estoy segura que esta carne estallará pronto de tanto golpearse en el acantilado, como una supernova en el océano celeste.
Ya no puedo ser esta carne que no entiende de mesura ni de medidas;
ya no puedo ser este cúmulo de agua ahogándome,
secuestrando esa victoria de desvanecerme en lo efímero y convertirme en la escama relampagueante del pez escarlata, de una excelsa albricia.

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