J. F. G. M. Lo hicimos de alguna manera, y pudiste volar más... Y volamos, y nos chupamos los dedos, y saltamos rayuela en las calles, y te perdiste en la curva de mis piernas, y me decías,: te pasas de tan suave; y yo decía plenitud en las esquinas del silencio; y pensaba en elefantes y en Andrómeda; en el engranaje exacto de un discurso tisular; en perfecciones secretas, en orígenes al vórtice de encantamientos; pensaba en delicadezas como paladeres que han probado todos los tiempos de un banquete con estrellas Michelín. Así, nada más así de sencillo fue como nos amamos. Y por eso, con todo el dolor que nos asignaron, con las salpicaduras infames sobre nuestros nombres, con la violentación sobre lo que construíamos a diario; nadie, absolutamente nadie ha ocupado ese espacio vital, y menos ahora sabiendo que uno al otro nos rescatamos. Y me dijiste: si no hubieras venido me hubiera suicidado; y puedo entender cuán vulnerable fuiste, y aún amé más esa vulnerabilidad entre mis manos; esa ingenuidad tan desnuda y tan exquisita, amé ese tu fuego tan inocente. Nadie puede ocupar ese lugar, y menos ahora... ¿A quién podría ofrecer otra vez tanta dedicación si tú eras música, si eras flor diluyéndote en mi boca, si eras una corriente viva?






