Hablaré de los montes afilados como estoraques;
y veré crecer la casa a aquella altura de los poderosos entre las naciones.
Me uniré al clamor de un país entregado al Dios viviente, cuando millones de manos se alzarán por tu misericordia y miles de rodillas se doblarán por la unción verdadera.
Oiré cantar a la niña de mi corazón “Pon aceite en mi lámpara”; y cada velo de luto será roto, como el velo del templo rasgado para hallar la Eternidad.
El aceite no es el de la costumbre, el de los cocodrilos; es el aceite que conocen los reptiles celestes, el aceite de las semillas de la flor inmensa esplendorosa en el más alto de los cielos.
Una simiente santa morará en el corazón de los que anduvieron entre pedregales.
Hay corazones de piedra que sacarán el llanto que guardaron desde la infancia;
sacarán la rebeldía que vino por el orgullo,
porque cubrieron de orgullo y apariencia
la impotencia por las vicisitudes que ofrece el mundo.
Viene la onda expansiva de tu poder sobre las naciones;
los vasos de ira serán quebrados,
porque de entre los necios,
de entre los insolentes saldrá una heredad
capaz de dar frutos de arrepentimiento.
Mientras tanto, yo me esconderé día tras día en tu sombra,
en ese silencio que canta como quien ha muerto,
porque conozco el refugio seguro
y sé en cuál manantial quitarme las manchas.
Conocí el dolor hasta la llaga;
sin embargo, respiro las misericordias dadas a David.






