jueves, 10 de septiembre de 2026

Panorama triste


Me subí a una escalera a dar aviso a la palmera de que venían vientos gélidos, y tiempos estivales llenos de polvo de desierto. La palmera dijo tú no llegas hasta mí, y no bajó la mirada siquiera. La palmera tiene la  hermosa apariencia de un tigre, y de vez en cuando abre sus fauces para clavar el diente como masticar un caramelo dulce y al mismo tiempo sentir la humillación de que te está matando; ella no titubea, tiene un lenguaje coqueto por el cual se contonea, y mira con desprecio y risa. Yo hablo como los pájaros, cuando hablo desde el amor, hago sonidos que solo los que aman me entienden; no dejo de moverme porque tengo la atadura del apariamiento y me muevo de aquí para allá, en mi cabeza siempre hay una danza, y también un graznido, en mi cabeza siempre hay un panorama más amplio por eso de la costumbre de conocer el entorno. Leo las hojas de las plantas, leo las ramas, leo los almíbares, poco a poco descifro los ciclos de la flor. Amé como el colibrí que fija la mirada en la ruta del almíbar y se retira sin dejar de ver la flor amada; de hecho, tengo en mi pata el hilo rojo como atadura de amor de la que no he podido desprenderme, y mi flor ha muerto ante los ojos de este campo, pero yo conservo el aroma de su entendimiento.

Puse la escalera y estiré la mano, la palmera desconoce las leyes naturales de los pactos que deben cumplirse. El dolor hizo un nido debajo de mi piel, y he llevado por largo tiempo esa llaga con sus larvas, de ahí han comido los hijos que buscan en mi consolaciones;  y no quiero ver más dolor cuando la palmera empiece a caer y pierda estatura, cuando los suelos cambien y la tierra que vive reclamando el orden cobre la tarifa de humildad. 

Quiero evitar tiempos más duros, y no tengo poder para mudar el corazón de aquellas plantas que prefieren secarse antes de cargar en sus ramas el apacible peso de la justicia. La plaga puede venir repentinamente.

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