Amor
A J.G.V.
La mujer samaritana me envió a los perros.
Hay un perro que no quiero lastimar, porque su pata cojea, y se inflama de repente. Se equivocó cuando derramó en la casa el agua viscosa que había en mi fuente.
Hubo días, amor, que no quise a la samaritana con tu sangre; me he sentido como quien hace acepción de personas. No quise tu llanto entre mis manos para que no vieras la soga que ponía en mi cuello
La samaritana anda en desnudez, después de haberla visto como un posible edificador sentado en el patio.
El techo colapsó; y a la columna vertebral le crecieron vigas nuevas, se abre como un parasol de hierro forjado y de concreto, ya hay basas de oro en su casa.
Los sueños viejos que me abrumaron años atrás todos se cumplieron, y están por cumplirse otros.
Hace varios años que comprendes lo que pasé y debes perdonarme; mi fe parecía no alcanzar ni a una semilla de mostaza.
No quiero ser dura con la samaritana.
Solo quiero esconderte
Tampoco quiero que seas como un trofeo de venganza.
Sabes que eres lo más delicado que vieron mis ojos
en los brazos del padre.
Ella sabía que tú vendrías y lo olvidó; y me aborreció como quien pisa estiercol con sus zapatos nuevos.
Me aborreció, y ahora, lleva piedras en la mochila que carga en su espalda.
Hay otro perro que me irritó con su vocecita pequeña, achicó su voz como un sofisma, y luego cuando me habló caí en contradicción. Ese perro tiene una vanidad, y también tiene hermosura.
Cómo quisiera que no fueran perros.
La mujer de la ruleta donde se juegan los anillos me trajo más desesperanza, al igual que cuando me alejó de ti. Hubo momentos que valoré su prudencia, y consideré su dolor, esa lucha que tuvo por cuidar sus alhajas. Para ese tiempo ya la había perdonado.
Hay un tigre que me resulta demasiado extraño. No me gusta como habla del padre; todavía recuerdo lo que escupía. No le guardo rencor, pero es navaja cortante. No te acerques nunca al tigre, por favor.
Por estos y otros es que quiero esconderte. Que tu cielo no sea su cielo; que en tu mansión ellos no estén, aunque los perdonemos a todos; sé en la corona del rey, sé en lo más alto y que nunca te vean. Y si te pasaran por el lado, o si aun cuidaras de todos ellos, hazte invisible a sus ojos, de ser posible que nunca te vean.

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